Hay días que me apetece dar una vuelta por el primer sitio en el que viví, recién llegado de Ceuta, recorrer sus tranquilas y silenciosas calles. Las casas de uno o dos pisos se han convertido en modernos edificios de varias plantas. Los automóviles, entonces una rareza, hoy se alinean en las aceras formando una interminable fila multicolor, interrumpida por las entradas a los aparcamientos subterráneos. Ya no se oyen los ensayos de la banda de música de la Guardia Civil en aquél local que hacían bailes los sábados por la tarde. Al abrir la calle San Quintín para dar salida a tanto tráfico a la avenida de Fátima, tuvo que desaparecer toda la manzana, supongo que se irían con la música a otra parte. A pesar de los cambios, aún conserva la singularidad de ser una isla en medio del fragor y el frenesí que la circunda.


Tampoco se oye el tocadiscos de la casa de enfrente, un matrimonio con una niña pequeña, que solían bailar casi siempre con solos de piano, él era un poco mayor para nosotros, pero la mujer era una auténtica belleza, a través de las rejillas orientables de la persiana los veíamos alegres ejecutar aquellos pasos imposibles, los comparábamos con Joaquín Prat y Laura Valenzuela, tan de moda en aquellos tiempos. Llegué a ver a este señor hace poco, saliendo de la casa del brazo de una joven, que sería su nieta. Lo reconocí por la expresión del intenso azul de sus ojos, pero el cuerpo se le había encogido como si le hubieran absorbido la masa muscular y solo la piel cubría sus quebradizos huesos. Tuve el valor de presentarme, no me conocía ni en el pasado ni el presente, solo me dijo, que su mujer le había dejado un vacío enorme hacía muchos años, y que todos los días pedía a Dios que lo llevara con ella.
La casa de Malasaña 12, moderno 16, sigue intacta, con algunos retoques en la fachada. La ventana enrejada en el chaflán con San Quintín, ahora cerrada a cal y canto, servía de atalaya a Doña Nieves Morales, Viuda de Gandoy, (la dueña de la casa), un personaje con una vida muy interesante, que todos los días nos sorprendía con alguna hilarante historia de su vida. Desde aquí escudriñaba la vida de sus vecinos, las idas y venidas de todos ellos. La señora que hacía intermitentes visitas al bar de Rodero, y regresaba haciendo eses por el camino con una mueca de desagrado y la mirada perdida. O aquella otra que presumía de tener en su casa estudiantes de alta alcurnia, pero siempre le dejaban la cuenta pendiente para una mejor ocasión.
Doña Nieves era completamente miope, utilizaba aquellas gafas de culo de vaso; fumaba el tabaco más infumable que he probado en mi vida; le gustaba jugar al dominó, mientras se acercaba las siete fichas a un centímetro de los ojos, le cogíamos las monedas que llevaba en una bolsa de plástico, la dejábamos ganar para que no se aburriera, ahora pienso que habría un acuerdo tácito entre nosotros.
Le gustaba enseñarnos el carnet de locutora de Radio San Sebastián, la foto sepia delataba que no había cambiado de modelo de gafas desde los años mozos; presumía de haber tenido una labia y una mundología arrolladoras. Se casó con un feriante, de estos que tienen tómbolas, tiovivos, coches de choque. Más bien fue un matrimonio de conveniencia, decía. Se codeaba con Antonio Machín, (nos dejó caer que había llegado a ser su amante, eso sí, por la insistencia del cubanito), fue amiga íntima de Manolita Chen.
En los últimos tiempos se quejaba del poco provecho que se le sacaba a este asunto del hospedaje de estudiantes.
-¿Sabes a cuanto está el kilo de merluza?-, a quince duros, cielo-, dónde iremos a parar.
Decidió, de la noche a la mañana montar en la cocina una consulta paramédica, o curandera, o herbolaria. Desfilaba una clientela de lo más variopinta, el caso es que los curaba, supongo que por el efecto placebo. A todos les daba la misma medicina: unas hierbas maceradas en Pedro Ximén, como una resurrección del bálsamo de Fierabrás, que se lo quitaban de las manos, a pesar del mal sabor que tendría aquél potingue. Brígida, la cigarrera de la calle Trinidad, con la tez demacrada y del color del plumaje de un canario, decía que sufría un padecimiento hepático, y que ningún médico daba con su curación; doña Nieves logró sanarle con varios botellines de aquél líquido nauseabundo. Le volvió el color sonrosado a las mejillas.
Desde el fondo del pasillo, detrás de unas cortinas, la veíamos trabajar, como una profesional; aguantando la risa para no delatarnos, admirábamos el poder de convicción que utilizaba contra los pobres incautos pacientes. Les cobraba la consulta y la “medicina”…, y, ¡que pase el siguiente!
Un fuerte abrazo para todos de Mila y mío, y que paséis un largo y cálido verano.
Santi.