Posteado por: caberna | 12 Noviembre 2009

Un fabuloso tesoro en las costas de Benzú (II) Escrito por Santi

Lo primero que pensé al terminar de leer, fue la manera de comprobar la autenticidad de aquel importante manuscrito. Con disimulo lo guarde en mi cartera, y con paso decidido me dirigí a la Embajada Británica.

Sir George Labouchere me recibió muy cariñosa y amablemente. Hacía pocas fechas que asumió el cargo de Embajador; era amigo íntimo de mi padre. Después de leer el insólito documento, me dijo: aunque parece auténtico, se suelen gastar este tipo de bromas entre aburridos estudiantes, de todas formas lo vamos a analizar detenidamente, el agregado naval es un gran historiador y le apasionan estos temas.

Me fui caminado a mi casa, no estaba muy lejos. Por el camino pensaba en aquel pobre desgraciado, qué habría sido de él, con aquella fortuna allí enterrada y pasando calamidades postrado en una lúgubre celda, sería como ser preso por dos veces al mismo tiempo, qué ansias de huir, de escalar los altos muros de su prisión, podría hacer tantas cosas, paliar tantos sufrimientos. Cada día que pasaba allí dentro era un día menos de felicidad para mucha gente.

El tiempo transcurría plácidamente, estudiando, paseando con mis hermanas pequeñas por el retiro o llevándolas a remar por el lago. Madrid era una delicia en la primavera de 1960.

Museo del Prado, Madrid (foto de wikimedia.org)

Museo del Prado, Madrid (foto de wikimedia.org)

Éramos una familia inglesa, perfectamente integrados en la sociedad española. Por necesidades del trabajo de mi padre, residíamos en la capital de España, después de haber pasado nuestra niñez en Sevilla. Nos gustaba visitar los museos, el del Prado, el Naval. Acudíamos puntualmente a los estrenos teatrales, al Maria Guerrero, al Bellas Artes o al Español.

Por medio de mi padre, Sir George mandó recado para que acudiera a su despacho, pues tenía novedades respecto al asunto del preso del Hacho.

Al día siguiente me recibió con su amabilidad característica y me entregó un sobre con la documentación. Allí mismo, de pié, revisé impaciente todos los documentos, le agradecí al Embajador las molestias y me dispuse a leerlos tranquilamente en la Biblioteca.
No se encontró ningún documento que certificara el asalto del Manuelita por el Gloria de Terranova; pero sí había constancia en el Almirantazgo del abordaje del bergantín por la nao española y de la desaparición en aguas del Golfo de Cádiz de toda la tripulación. Respecto al cofre con las joyas, nada se dice. Se cree que pueda ser una pequeña parte del fabuloso tesoro que no pudieron llevarse consigo las huestes de Boabdil y enterraron en los aledaños de la Alhambra, esperando un ansiado regreso. Se cree que en el siglo XVI fue desenterrado y repartido el botín entre mucha gente de Granada, ese cofre bien pudo quedar en poder de algún cabecilla del expolio, y se desconoce el motivo por el que viajaba a Cuba y mucho menos por qué lo sabía el jefe de los corsarios. Tampoco se sabe si continuará enterrado en la playa de Ceuta o si alguien lo encontró.
En relación a Francisco Gracia de Ribadeneira, se sabe que desapareció misteriosamente del penal del Hacho a los pocos meses de ingresar en él, no hay datos de su liberación o huida (si la hubo), ni de su fallecimiento. Posiblemente muriera de alguna epidemia, cosa corriente en aquella época. Tal vez su nombre quedara anotado en algún registro poco cuidadoso y se perdió con el paso de los años.
Recogí los papeles y me fui a mi casa. Tenía el firme propósito de encontrar el rastro de Francisco; ¿aunque me cueste las oposiciones? Espero que no.

Me acordé de un amigo que era funcionario en el Ministerio de la Gobernación. Decidí hacerle una visita.
- ¿Como se llama tu amigo?-
- Francisco Gracia de Ribadeneira-
- ¿Y de segundo apellido?-
- Gracia de Ribadeneira es un apellido compuesto, y te aseguro que si hay alguien que se apellide así, será descendiente del que buscamos. -¿por qué no te vienes esta tarde?, con tranquilidad buscaremos en los archivos.
-Así lo haré. Muchas gracias, amigo.
CONTINUARÁ…

Santi.

Posteado por: caberna | 5 Noviembre 2009

Un fabuloso tesoro en las costas de Benzú (Escrito por Santi)

Después de terminar la carrera de Económicas en la Universidad de Cambridge, decidí preparar oposiciones para el Foreing Office, por ver si podía entrar en el Cuerpo Diplomático, donde me dijeron que fácilmente podría optar a una plaza, a la vista de mi impresionante expediente académico; y me puse manos a la obra.

No me apetecía pasar el invierno en Inglaterra, todavía faltaban varios meses para los exámenes y decidí volver a Madrid con mi familia. Repasaría los temas en cualquier biblioteca que pudiera proporcionarme el material adecuado.

Por aquella época me aficioné a fumar en pipa. Con mis grandes gafas de montura negra graduadas para mi astigmatismo, dejando una estela de oloroso “amsterdamer”  y mi cartera, subía la escalinata que daba acceso a la Biblioteca Nacional, como solía hacer cada vez que visitaba la capital española. Entregué el carnet a la entrada, recorrí los estantes buscando algún tomo que me interesara para mi trabajo; unas chicas me observaban curiosas desde el piso superior. De vez en cuando llegaba el murmullo del tráfico desde la Plaza de Colón o de la calle Jorge Juan. De pronto me vino a la vista un libro que me extrañó el título “De la Coruña a Ceuta”, travesía en un cliper cargado de maderas. Empecé a hojearlo, con el dedo pulgar pasé rápidamente las hojas esperando encontrar algo interesante. Cuando lo devolvía a su sitio, cayeron unos papeles de entre sus hojas, unas cuartillas amarillentas por el paso del tiempo. Era una carta manuscrita de un preso del penal del Hacho en Ceuta, decía así:

Murallas del Hacho 3

Recinto amurallado del Monte Hacho, antiguo penal

“Penal del Hacho, Ceuta 29 de Enero de 1860.

Señor Presidente del consejo de Ministros D. Leopoldo O`Donnell: Me tomo la libertad de dirigirme a Su Excelencia para describirle los insólitos acontecimientos que le han venido ocurriendo a este su humilde servidor en los últimos tiempos.

Me enrolé en la goleta de la Argentina Manuelita, que partía del puerto de Cádiz con destino a Cuba, con semovientes, otras mercaderías y algunos pasajeros. Disfrutamos de una travesía tranquila; pero a doscientas o trescientas millas de Jamaica, divisamos un bergantín que venía hacia nosotros y se colocó en paralelo por babor al tiempo que izaba la bandera con las tibias y la calavera, a duras penas pude ver en nombre del navío, “El Gloria de Terranova”, nos abordaron como salvajes, el que parecía el jefe de ellos entró muy decidido al camarote de nuestro capitán, y después de un buen rato, salió con un cofre y ordenó que lo embarcaran en su nave. Todos estábamos inmovilizados por los piratas que nos amenazaban con sus armas de fuego, nuestro capitán forcejeaba para deshacerse de los dos forzudos que lo custodiaban, recibió un culatazo de un arcabuz y quedó desmayado en cubierta.

Cuándo parecía que ya se marchaban, se volvieron hacia nosotros y a casi toda la tripulación nos obligaron a embarcarnos en su barco. Soltaron las amarras que mantenían a los dos buques unidos, y dejaron al Manuelita a la deriva, pusieron rumbo hacia el Este, una vez que nos dejaron maniatados y encerrados en las bodegas.
Por las voces de la tripulación que nos llegaban, se dirigían a las costas de Argelia para entregar el cofre a un Jeque llamado Jassim Al Althani.
Forzaron el cierre del cofre, y nos enseñaron las joyas de valor incalculable que contenía. Brazaletes de oro con incrustaciones de maravillosas piedras preciosas, diademas, cálices y monedas de oro, nos daba la sensación de que el Jeque jamás vería su valioso alijo.

Ya se divisaban las playas de Cádiz, cuando una Nao española nos abordó sin miramientos y partió el bergantín en dos mitades, yo me tiré al agua y me abracé a un madero.

El capitán y unos cuantos marineros trataban de huir en una falúa con el cofre a buen recaudo, un cañonazo los lanzó por el aire. De la sacudida, el esquife vino hasta mi posición. Sujetado a un cabo suelto, esperé a alejarme de la contienda nadando y arrastrando la embarcación conmigo.

Ensenada de Benzú 2

Ensenada de Benzú

Cuando cayó la noche, me subí al bote y acurrucado entre las cuadernas me quedé dormido. Cuándo desperté, el Sol ya sobrepasaba el mediodía, divisé tierra a babor y estribor, tendría que haber llegado al Estrecho de Gibraltar. Monté la pequeña vela y puse rumbo a berbería. Preocupado por la navegación, no había reparado en el cofre con las joyas, allá en el fondo del bote. El corazón empezó a latirme con fuerza, obnubilado al ver aquella caja metálica que era mía, con esa inmensa fortuna, a punto estuve de zozobrar contra una mole de granito, un islote deshabitado. Una vez varada la pequeña embarcación salté a tierra con la idea de esconder el botín en sitio seguro. Encontré unas cuevas; aunque demasiado húmedas, adentrándome en ellas pude elegir una segura a la que no llegaba la humedad; cavé un hoyo profundo y puse el cofre en el fondo; memoricé el lugar y me fui caminando por la playa. No había recorrido unas yardas, cuando dos alguaciles me detienen y me piden documentación. Todo se quedó en el Gloria de Terranova, les hago saber.

Me llevaron detenido a los calabozos del Hacho, acusándome de piratería, puesto que me vieron desembarcar de la falúa que llevaba el mismo nombre que el bergantín pirata.

Señor Presidente del Gobierno, humildemente, le ruego que ordene la localización del tesoro, a fin de que pueda servir para la liberación de mi injusta encarcelación.

Sin otra particularidad, se despide de Su Excelencia, que Dios guarde,

Francisco Gracia de Ribadeneira”.

CONTINUARÁ…

Santi.

Posteado por: caberna | 3 Noviembre 2009

Nostalgia

Conozco este amanecer que firma “espe” (que espero no se trate de Espe Puño de Hierro, la dueña de la Comunidad de Madrid).

Amanece

Amanece en Ceuta, desde Garcia Aldave (Foto de "Espe")

Este amanecer lo he visto, lo he vivido, lo he tenido ahí al alcance de la mano, y ahora sigue ahí y yo sigo rozándolo con la punta de mis sueños.

Este amanecer de la foto me huele a humedad, a tierra negra, a  la  Plaza Vieja,  a bodegas y a la Lonja de Ceuta a altas horas de la noche cuando ya todos los bares habían cerrado; me huele a luces de bohemia, a sueños de una noche de verano, a paseo en coche hasta San Antonio para despejar los  vapores de una larga noche; me huele a discusiones filosóficas juveniles y baratas, a risas y canciones hasta el alba. Pero me trae, sobre todo, un fuerte sabor a nostalgia, la que despierta ese tiempo pasado que decía el poeta que fue mejor.

Ya, ya… si yo tampoco –igual que tú- creo que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, como tampoco creo que la nostalgia tenga necesariamente que llevar ese componente de dolor (del griego –algia) que la etimología le endosa. Yo creo, como Maruja Torres (País Semanal, 1 de nov.) en una nostalgia sin dolor, una nostalgia placentera, benefactora, restauradora, cálida, sensual como una taza de chocolate caliente en una tarde de invierno. Creo en el sentimiento de bienestar que me producen ciertos olores, sabores, músicas, paisajes, amigos, momentos… y que me sumergen por un tiempo –contado, escaso- en un tiempo feliz.

No se trata de instalarme de forma permanente en el pasado, en un habitáculo rancio y casposo; de negar la felicidad buscada a día de hoy y la ilusión de un mañana mejor. No se trata de morir de pena por lo que fue y ya nunca más podrá ser.

Se trata de revivir, de profundizar, de rememorar esos instantes que nos hicieron muy felices y que nos hacen sentirnos ahora –al recordarlos- mucho mejor dentro de nuestro pellejo. Es como un reencuentro con ese niño que volvía del colegio oliendo a sudor y a goma de borrar. Y eso no tiene por qué ser obsesivo, ni malsano, al menos un ratito de vez en cuando, ¿no?



Posteado por: caberna | 1 Noviembre 2009

La melva

Comía una tapa de melva buenísima el otro día en un rincón muy agradable del barrio donde vivimos y donde solemos pasar buenos ratos mi Lucy y yo (Mesón Ziryab) y recordaba aquellas noches de verano de mi niñez en la bahía sur de Ceuta, cuando me dormía escuchando los motores de las traíñas que pasaban la noche faenando en aquel mar plateado por la luna.

Le comentaba al dueño del lugar y amigo Felipe cómo ha cambiado la pesquería en esa zona concreta así como en muchas otras. Recuerdo una almadraba  (esa que vemos en la foto de más arriba y en la de más abajo) en la que abundaba la pesca de atunes y otras especies, y recuerdo una dedicación y un  trabajo –el de la pesca- que permitía vivir a muchas familias. Ahora en esa zona, en la Bahía Sur de Ceuta, queda muy poco pescado, si es que queda alguno.

la almadraba 1985

La Almadraba en la Bahia Sur de Ceuta (1985)

¿Cómo hemos podido ser tan torpes -una vez más el “homo torpe” asoma- y matar la gallina de los huevos de oro?

Cuando la pesca acabe porque hayamos terminado de esquilmar los pocos fondos marinos productivos que nos quedan… ¿qué haremos?

Me veo dentro de pocos años obligado a comer esas doradas de piscifactoría, todas iguales -que parecen fotocopias- y todas con ese sabor a “nada” –que parece que estás comiendo cartón- y encima pagándolas a precio de pescado de verdad.

¡Ayyyy, cuándo iremos a aprender!

Posteado por: caberna | 24 Octubre 2009

El Noray

(A mi compadre Milan, principal ideólogo de aquella Basca)

Eran los años finales de la década de los sesenta. Los jóvenes ceutíes de entonces, demasiado jóvenes entonces, teníamos un lugar al que acudir. Un lugar donde refugiar nuestra pobreza (ni un duro, oiga); un lugar donde refugiarnos en las tardes de lluvia de aquel otoño en que empecé a cortejar a aquella chica también demasiado joven que estudiaba en la cercana Escuela de Comercio; un lugar donde cantar con mi vieja guitarra acompañando las voces de aquellos que quedamos en llamar “La Basca” (un grupo de melenudos y barbudos que ilusionaban con cambiar el mundo y que ya oían a Victor Jara y a otros clandestinos); un lugar que ocupábamos prácticamente y donde solo consumía un café algún afortunado que acaba de cobrar una actuación (solían ser los componentes del grupo Sensación: Juan, Pepe, Luis, Antonio y Juan Carlos) mientras el resto miraba; un lugar donde escribíamos las primeras canciones (hasta una ópera rock compusimos que, más en broma que en serio, titulamos Profilaxis Social). En ese lugar, su dueño, Fructuoso Miaja, desde detrás de sus enormes gafas, nos observaba con su gesto bonachón, permitiéndonos todo.

Jardines Puerta del Campo

Jardines de La Argentina, Puertas del Campo, Ceuta.

Ese lugar entrañable era El Noray. Un bar en las Puertas del Campo, en los bajos de los grupos militares, frente a los Jardines de La Argentina que tanto saben de mí. Allí, detrás de unas enormes cristaleras que cogían todo el local, muchos jóvenes cobijamos nuestros sueños mientras empezábamos a percibir un cierto olor a libertad. Desde una mesa cercana, al oír nuestras canciones, unos señores mayores nos miraban con una sonrisa en la cara y un brillo especial en los ojos. Nosotros no lo sabíamos, pero allí se estaba fraguando el futuro PSOE de Ceuta.

Pasados los años, ya fuera de Ceuta, me enteré de su historia, me alegré de que fuera alcalde y senador y entendí por qué en El Noray se respiraba libertad en 1969. Hoy me entero de su fallecimiento y leo con tristeza que Fructuoso intentó siempre mantener unida a la reñida famila socialista ceutí.

Este buen hombre ofreció desde bien joven su corazón a los demás. Creo que la mejor canción que puedo traer en su memoria es precisamente ésta:

Posteado por: caberna | 22 Octubre 2009

Esperanza

(Para los que siempre esperan,
aunque no sepan muy bien qué)

Me quedaré esperando
hasta que el sol se vaya…

Murallas Reales de Ceuta

Murallas Reales de Ceuta

Junto a aquellas Murallas
donde un sol abrasa
como estrellas doradas,
estaré esperando
como el amor espera.

Y cuando el sol se vaya
yo seguiré esperando,
mientras la tarde muera;
desde la negra playa,
en la oscura Rivera
Mientras espero la espera,
Mientras espere quien quiera…

Y cuando el sol regrese

Me quedaré esperando
hasta que el sol se vaya…

Y la Luna me bese

Playa de la Rivera (Foto de Rogelio Navas)

Playa de la Rivera y Bahía Sur de Ceuta (Foto de Rogelio Navas)

Y yo sueñe su cara.
Y me duerma en la espera
y la llene de estrellas;
Y en las viejas Murallas
crezcan escaleras,
y de cada peldaño
brote la luna nueva.

Y aunque nadie lo entienda,
Y aunque nadie lo espera;
aunque me olviden las piedras
de la viejas Murallas,

Me quedaré esperando
hasta que el sol se vaya…

Posteado por: caberna | 20 Octubre 2009

Un indigente de tantos…(Escrito por Santi)

-¡Eh!, ¡eh!, ¡venga, levantando el campo!, no se puede estar ahí, ¡váyase a otro sitio!, o a un albergue municipal.

El hombre cogió con paciencia todas sus pertenencias, las fue metiendo en un carrito de la compra. Una raída manta; unos cuantos trapajos; una botella de plástico con un poco de agua; un paraguas inservible; una sucia gorra de la NBA. Unos grandes cartones que doblaba con alguna dificultad, intentaba sujetarlos debajo de su brazo, cartones aún calientes por estar durante un rato impidiendo que su cuerpo entrara en contacto con el frío suelo. Sin mirar al policía, se fue caminando por la acera resignado y dispuesto a buscar un lugar donde establecer su dormitorio. Los cajeros automáticos estaban ya todos cogidos a esa hora.

Una neblina acompañada de aguanieve se cernía sobre la ciudad humedeciendo el fino abrigo desgastado del hombre.

Intentó abrir el paraguas y al hacerlo, salieron las varillas cada una por su lado, lo dejó en una papelera y siguió su camino.

http://misiglo.files.wordpress.com/2009/09/madrid-ff-el-vagabundo-por-eduardo-vicente-ciudad-de-la-pintura2.jpg

http://misiglo.files.wordpress.com/2009/09/madrid-ff-el-vagabundo-por-eduardo-vicente-ciudad-de-la-pintura2.jpg

Nadie podía imaginar al ver al pobre indigente, que unos años antes recorría diariamente la Castellana con su deportivo de alta gama, camino de su vivienda de lujo en la calle Goya. La empresa que había fundado subía como la espuma, aprovechando el tirón de las nuevas tecnologías. No había un comercio o un negocio en Madrid que no llevara el verbo-visual de su empresa en algunos de sus artilugios modernos.
El problema de algunos es que no celebran sus éxitos como algo normal de un trabajo bien desarrollado, sino que se les sube a la cabeza el triunfo creyéndose tocados por los dioses y complican sus vidas, arrojándose a la cuneta del vicio y la depravación, y de ahí, a la destrucción total del individuo. Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Lo perdió todo, el negocio, la familia, la dignidad.
Sentado en el escalón de un portal, esperaba que desaparecieran los de seguridad del Corte Inglés, para preparar su “cama” en la entrada de vehículos que lo protegiera del relente de la noche.

Se miraba las manos sucias y los dedos encorvados, las uñas sin recortar. Se acordaba todavía del rostro de la señorita que le hacía cada dos semanas una perfecta manicura y él, alargando y mirándose las manos la felicitaba por el trabajo bien hecho.

¡Cómo echaba de menos a su hija pequeña! Sentía pena al pensar que se diluía su redonda carita en su memoria, y al no poder mirar la única fotografía que conservaba en la cartera de piel auténtica que le robaron una noche mientras dormía, con el poco dinero y algunos documentos de identificación, que inexorablemente rompió el cordón umbilical con su pasado.

A pesar del firme propósito de no evocar los tiempos felices, no podía remediar añorar cuando jugaba en el parque con sus hijos, los dos que tenía antes de que naciera la pequeña, los dos que lo buscaron desesperadamente por toda la geografía española; pero él disuadió a la policía de que lo dejaran tranquilo y llevar la vida errática que había elegido.

La melena gris que le cubría los hombros le caía mojada y pegada al rostro, dándole aspecto de un Cristo de la Buena Muerte, que a unos metros de allí, esperaba a los legionarios para que una vez más lo sacaran en volandas en una inútil y pueril exhibición de fuerza, para deleite de una multitud orillando las calles, rebosantes de un falso fervor y de una triste algarabía. Como a ese Cristo de cartón piedra, pensaba, que algún día lo portarían como otra Buena Muerte más; aunque él no tenía ganas de morir, prefería llevar su triste existencia como una especie de reconciliación con su pasado.

Los cartones se habían mojado con la llovizna y estaban inservibles. Sumido en una profunda tristeza, se abandonó, dejando que le empapara la lluvia helada.

Al amanecer lo encontraron tiritando de frío, con fiebre,  se lo llevaron los camilleros a un hospital, y de allí, a la fría losa del tanatorio.
Sus trastos quedaron esparcidos por la acera bajo un –ya- intenso chaparrón.

Un fuerte abrazo para Lucía y para ti de Mila y mío, Concha se nos fue, (a Madrid ¡eh!).

Santi.

Posteado por: caberna | 11 Octubre 2009

El ancho mar

atardecermar3

Foto tomada de www.venezuelatuya.com

Mirar al fondo del fondo y más allá, donde el horizonte es agua… Qué enorme sensación de libertad.

Hacía años que no lo hacía; claro, soy un habitante con la mirada dividida entre dos tierras separadas por un estrecho mar. Desde una orilla recojo la otra, mis dedos casi la tocan. Pero no siempre fue así, antes tenía espacios donde el mar se perdía en medio del mar, y a lo lejos, detrás del mar solo se veía mar, y más allá solo la mar se intuía. Me asomaba a mi ventana y mientras Marruecos me enseñaba el Sur, al frente y un poco a la izquierda -al Este de Ceuta- mis sueños navegaban libres por el mar interminable que mi vista alcanzaba. Pensaba, con mis cortas luces infantiles, que allí debía estar el fin del mundo (mi Finisterre particular) y también allí situé el “infinito” la primera vez que el maestro en la escuela me enseñó que era “inalcanzable”. Luego el cura me habló de la eternidad… y en aquel horizonte de mi niñez la coloqué por no saber donde colocarla…

Así que el mar me sirvió para explicarme lo inexplicable.

Hoy, desde este balcón de hotel, frente a otro mar interminable, vuelvo a situar en él todo lo que me sigue pareciendo inexplicable…

Posteado por: caberna | 7 Octubre 2009

Migueli (Escrito por Santi)

Migueli

Nuestra niñez corría plácidamente, sin grandes  preocupaciones ni sobresaltos, pensando en los ratos libres de juego, y teniendo a la escuela como un mal trago que había que pasar, y volver a nuestras risas y correrías por los alrededores de nuestras casas, lugares llenos de naturaleza que eran la continuación de nuestros hogares. Nos inventábamos nuestras películas de piratas o espadachines. Con una hoja de palmera nos creíamos cabalgando en un brioso corcel blanco por los altibajos de los barrancos, una burda pistola de madera al cinto que disparaba balas de aire a un enemigo imaginario.

- ¿De qué color es tu caballo?
- El mío es blanco, ¿y el tuyo?
- El mío es alazán. Vamos a  galopar hasta la vía del tren y lo esperamos para asaltarlo, ¡Venga! Yo le he quitado a mi madre un pañuelo para taparme la cara.
- Yo tengo un antifaz.
-¡Bah, qué aburrido, volvamos, este tren no llega nunca!

Unos años antes conocí a mi vecino del piso de arriba, Migueli. El primer recuerdo que tengo de él, es jugando en su casa con un camión enorme, de un metro de largo, era una maqueta igual al original, los veíamos por las calles, casi todos militares, nos subíamos en la carga y nos empujábamos por el pasillo, a partir de entonces fuimos inseparables, también se unía a nuestros juegos su hermana Isabeli. Es curioso que a todos los niños de la calle Terraplén, calle Larga y alrededores, terminaban por nombrarlos con la i o in en su nombre de pila: a mi Santi, a mi hermana Loli, a otra hermana de Migueli, Luisi, y así otros como Angelín, Luismi, Carli, Susi, Fali, Rafalín, Antoñín, Nardi, Jesulín, Paqui o Manoli.

¡Vayamos al secano!, ¡se ha escapado un loco del hospital militar por alli!
- Sí, sí, vamos a ver como lo pillan –
La hierba nos llegaba a los tobillos, una vez perdido el interés por el loco, nos pegábamos los brazos doblados en nuestro pecho y nos dejábamos rodar cuesta abajo, girando sobre nuestro cuerpo como una rueda en caída libre y vuelta a subir y repetir como un juguete de Sísifo, hasta que los huesos se dislocaban.
La risa y la diversión era una constante en nuestros juegos.

Recuerdo cuando íbamos a jugar al futbolín a la trastienda de Comestibles Moreno, el dueño, Casimiro, se sentaba a vigilarnos. Una tarde se averió el sistema de introducción de monedas y cada vez que tirábamos del abridor salían las bolas y a jugar gratis, el dueño no se daba cuenta, hasta que Isabeli dijo: claro como se llama Casimiro, casi no nos ve. Estuvimos varios días riendo a costa de Casimiro.

Otro día, el dueño de la tienda que había un poco más abajo, “Casa Juanito”, nos llamó a Migueli y a mí, para que atendiéramos la ventana que daba a la calle y que nos pusiéramos a vender helados, cuando abríamos la tapa de la nevera para vender un polo, cogíamos otros dos para nosotros, yo observaba que Juanito nos miraba de reojo y se reía. Cuando pasaba un chica guapa por la acera le decíamos “hay Camay, pero más buena que tú no la hay”.

Solíamos ir al gallinero del cine Avenida con nuestras hermanas, lo pasamos mal viendo La senda de los elefantes, cuando trataban de derribar los muros de aquella mansión a punto de aplastar a Liz Taylor.

Con lo único que me aburría con él, era jugando a la pelota, nada, no había forma de quitarle el balón, tenía una habilidad natural para este juego. Yo creo que por eso soy un bicho-raro, por no ser un aficionado a ese deporte.
Cierto día, volvíamos de la playa de pescar, y al subir a la carretera vimos como un coche chocaba contra un camión, y quedaba bocarriba, salimos corriendo a ayudar a una señora que salía gateando por la ventanilla y no vimos a nadie más. La pobre señora viajaba en su Volks-Wagen de Tetuán al puerto de Ceuta, cargada de maletas y bultos y decidió regalarnos parte de su equipaje, a mí no se lo que me regaló, pero recuerdo perfectamente que a Migueli le regaló un fabuloso balón (de reglamento). Muy profética la buena señora.

Eran tiempos de camaradería, de participación colectiva, deseando que llegara alguna fiesta para celebrarlo por todo lo alto, dentro de las posibilidades de cada uno. El padre de Migueli era un forofo de las pastorales de Navidad, llegando noviembre se salía a la escalera con toda la niñería, y uno con el almirez, otro rasgando la botella de anís, la pandereta, la zambomba, al llegar las fiestas éramos unos auténticos doctores en villancicos.

Ahora, desde la distancia de las canas, parece que la niñez fue un suspiro, una instantánea fugaz. Enseguida me cruzo con Migueli y el Nardi por Hadú, ya unos hombrecitos.
- ¿Qué hacéis por aquí tan lejos?
- Vamos a ver La muerte tenía un precio, ¿te vienes?
- Ya la vi en el Apolo hace poco
- Bueno, ahora la ves otra vez
Cuando fuimos a sacar la entrada, Migueli no me dejó pagar.
-Deja, deja, que tu estás estudiando y yo, ya estoy trabajando-.

Mientras les invitaba a un refresco en el ambigú del Terraza Terramar, les comentaba el peliculón que íbamos a ver y el pedazo de música de Morricone. Con nuestros paquetes de pipas buscamos nuestros asientos y el cine se iba quedando en penumbra…

Santi.

Posteado por: caberna | 4 Octubre 2009

A Mercedes Sosa, “in memoriam”.

Fueron 74 años los que anduvo llenando de humanidad nuestro pequeño y loco mundo. Lo llenó de música, de canto, de amor, de paz y pidió siempre desde su voz y con su voz amorosa, dulce y cálida, un poco de comprensión y de cariño para los más débiles.

Me enseñó a cantar aquello de “…qué ha de ser de la vida si el que canta no levanta su voz en las tribunas, por el que sufre, por el que no hay ninguna razón que le condene a andar sin manta…”.

Con ella aprendí -cantando sus canciones- que una voz puede remover conciencias, hacer vibrar corazones, poner la carne de gallina y hasta hacer que la gente cambie de opinión y sean mejores personas. Supe que “el que canta, las penas espanta” y que una canción puede hacer felices a mucha gente.

De ella aprendí que cantar debe servir para comunicar sentimientos, transmitir sensaciones, llegar al corazón del que escucha para ponerle la miel en los labios y las lágrimas en los ojos…

Me enseñó a ver a Alfonsina “con toda la mar detrás”, al “negrito que se duerme mientras su mama está en el campo” y de sus labios llegué a entender que “si se calla el cantor, calla la vida”.

Espero, mi querida Mercedes, que tal y como tú cantabas, “cinco sirenitas te llevarán por caminos de algas y de coral y fosforescentes caballos marinos harán una ronda a tu lado”.

Siento, mis queridos cuatro lectores, que una vez más esta página se convierta en un obituario. Pero es que hoy he perdido una de mis grandes referencias musicales y no puedo dejar de tener este pequeño recuerdo escrito para ella.

Sin embargo, no estemos tristes, Mercedes Sosa nos brindó tanta felicidad con su voz, que esa alegría nos acompañará para siempre. Si entornamos un poco los ojos y prestamos atención, se puede oír su bombo acompañar a su voz que entona una chacarera desde el fondo de nuestro corazón.

Hasta siempre, Mercedes.

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