El buen tiempo nos trajo de vuelta a Ceuta (a Ceuta nunca voy, siempre regreso) en un viaje en barco que fue más bien una caricia de mar -incluso para mí, que me mareo pisando un hueso de aceituna-.
La nostalgia, los lugares que me recordaban aquel tiempo inocente en que andaba en pantalones cortos por la calle Terraplén y la emoción del abrazo de un buen puñado de caballas queridos, me mantuvieron despierto muchas horas de un intenso fin de semana. Aún resuenan en mi cabeza muchas voces amigas y palabras amables; se me ha quedado en la garganta ese nudo que me produjo leer en público unos párrafos dedicados a Juan, mi querido amigo desaparecido hace ahora un año, y tengo aún en la piel el recuerdo de tanto abrazo sentido, fuerte y estrecho como nuestro mar.
Han sido tres días de puro sentimiento: Saludé a mi buena amiga África Puente, hasta ahora una voz y una cara casi desconocidas, aunque de personalidad sobradamente conocida gracias a este blog y al suyo; pude estar con otros a quienes no veía desde hace más de treinta años, tantas personas a los que prefiero no nombrar porque seguro que olvidaría injustamente a alguien.
Me paré un momento en el Rebellín (había quedado con Yo Mismo) con la idea preconcebida de que ya nadie me conoce en Ceuta, y sin embargo, en dos minutos saludé a tres personas distintas que pasaron por allí.
El viernes por la noche, con Pepe Granados y Carmen, en la calma de un rincón con copas, recordamos entre risas muchas anécdotas vividas con Juan… Las historias nos traían oleadas de ternura a los ojos que no paraban de llover…
De día, el sol y la robusta claridad de las Murallas Reales nos empujaron hacia el buen pescado y el vino en compañía de la amistad que no cambia, la de Jacinto León. Música y más amigos nos llevaron en casa de Andrés del Río y Afri en volandas por la tarde del sábado. Canciones del grupo ceutí Abyla nos transportaron a una Ceuta dorada de los años ochenta.
Y luego la noche. Asistencia al acto principal que nos trajo de vuelta: El homenaje al amigo fallecido hace ya un año: Juan Salas.

La noche nos envolvió en abrazos en una cena con la nostalgia, con “aquellos” de entonces, ahora embutidos en cuerpos más añosos, con nuevas formas, con cabezas más despejadas o más teñidas, pero con los mismos ojos brillando unas vidas agridulcemente saboreadas, con trances superados y con los surcos del camino andado en la piel… Con la cincuentena cumplida, las caras reflejaban que hemos aprendido algo tan difícil y tan sencillo como es vivir. Ahora, es una satisfacción encontrarnos justo a mitad de camino, con los deberes casi hechos y las caras radiantes de felicidad (de una felicidad, ahora sí, mejor entendida y encajada).
El guión preestablecido para los actos no salió del todo bien y después de la cena nos vimos obligados a cambiar de local. Ya en el Hotel La Muralla, volvió ese nudo de emoción a la garganta para hablar y cantar de Juan, para Juan y con Juan, porque estuvo flotando en nuestro aire toda la noche.
La noche transcurre, las emociones siguen aflorando a cada paso y hasta uno -bastante reacio a primeros planos y a protagonismos que no busco- salta por encima de sus miedos y recupera viejas canciones que algunos amigos piden. “El Arpa” y “Camino del parque” me traen de nuevo a Juan.
Muchos amigos fueron subiendo al escenario y dejando su ratito musical para Juan. Y así “nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres” –que diría el maestro Sabina- y hasta las cinco de la mañana nos dieron (a Lucy y a mí, que muchos otros siguieron hasta la mañana, según me cuentan).
El domingo pudimos disfrutar de Joaquín y de Encarni. De mi viejo barrio y con caras olvidadas hace más de cuarenta años, ahora los he recuperado gracias a este milagro de Internet. Le pedí a Joaquín un favor: “Llévame a dar una vuelta por el barrio de O’Donnell”. Solo fueron unos minutos en mi calle pero fui feliz. Luego nos invitaron al precioso paseo en barco alrededor de Ceuta, en El Desnarigado, una vieja traíña que me devolvió todos los olores del fondo de la memoria; después, la comida árabe del Oassis me trajo sabores de infancia: a té con hierbabuena y dulces árabes, a pinchitos, a cuscús…
Y aunque uno quisiera vivir eternamente en estos momentos felices, el ferry de las 18:30 nos esperaba para irnos, pero nos fuimos con la maleta llena de especias morunas y de volaores, y con el alma cargada de ilusión, ese arma de construcción masiva.
Bueno, y ya veis que no he tardado mucho tiempo en volver al blog, pero es que en esta ocasión merecía la pena. Me gusta más así, volver cuando tenga algo para compartir; escribir cuando de verdad lo sienta necesario. Así lo haré.
Un fuerte abrazo.