Posteado por: caberna | 7 mayo 2009

El palacio de Diógenes (Escrito por Santi)

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Conversando con un amigo sobre el comportamiento que solemos tener con los objetos que compramos, o ya tenemos en la casa, llegamos a la conclusión que suele ser de lo más inapropiado. Cuando volvemos a casa con lo recién adquirido, tenemos la fea costumbre de dejarlo en cualquier sitio, sin hacerles fiesta, sin llamar a los vecinos para que lo admiren. ¿Acaso, cuando tenemos un nuevo hijo, no llamamos a los amigos, vecinos y familia para que lo conozcan?, incluso algunos lo festejan por todo lo alto en restaurantes de lujo cuando lo inscriben en una religión que no conocen y le ponen un marchamo para toda la vida.

A veces me gusta estar sentado delante del televisor, sin imagen, pero con un canal de música, de estos que ponen en Imagenio. En mi casa, de siempre, nos ha gustado la música en la televisión, cuando terminaba la carta de ajuste la apagábamos. Teníamos horas y horas de música grabada en un magnetofón, de esos gordos, de rollos de cinta inacabables, le adjuntábamos el micrófono como podíamos al altavoz de la tv. y aquello sonaba la mar de bien. A veces, mi padre, pegaba la boca al micrófono y cantaba las zarzuelas con el acompañamiento perfecto de una orquesta sinfónica. Qué buena sintonía había entre aquellos dos electrodomésticos.

Ya se me ha olvidado lo que iba a contar, ¡ah! si, que estaba yo meditando frente a dicho aparato, cuando de pronto veo que le está guiñando un ojo a una preciosa y coqueta lámpara de mesa que tenemos en el rincón opuesto, y ésta se remangaba la faldita que llevaba alrededor, yo les dejé hacer, no sé si se dieron cuenta de mi presencia, creo que no, aunque bien mirado, si se ven entre ellos, lo mas probable es que me vean a mí. Me dio una subida de ternura y cogí la lámpara y la puse encima del televisor, en ese momento entró la doctora en estética de mi mujer, y poniendo el grito en el cielo, volvió la lámpara su lugar de siempre. Fue un acercamiento melifluo, pero entre ellos saltó un haz electrónico.

A partir de ese momento, sabiendo que las cosas, los objetos elaborados con cariño y primor por trabajadores celosos de su trabajo suelen tener su corazoncito, decidí tratarles como de la familia.

Nos trajo dos móviles nuevos una señorita uruguaya, les hicimos una fiesta, se los presenté primero al de su misma especie: al fijo, que alguien llamaba en ese momento y en vez de sonar el timbre de siempre, sonó una especie de melodiosas campanillas, luego a los demás residentes de la casa.

Ahora sufro por los celos que debe tener el equipo Aiwa, que no lo encendemos nunca, porque oímos la música en el Packard Bell, he tratado de reconciliarlos y reunirlos, pero ha sido imposible ante la dificultad de la desconectarlos y vuelta a conectar.

Últimamente me paso el día llevando objetos de un sitio a otro para que se conozcan entre ellos, se toquen, se palpen, se acaricien.

Los libros procuro ponerlos en grupos de afinidad, ya sea por editoriales, temáticas, nacionalidades y épocas, aunque uno de Quevedo y otro de Góngora es imposible unirlos, se llevan fatal, no sé, pero veo ahora la biblioteca más alegre que antes, con más luz, apenas me tengo que poner las gafas para leer los títulos.

Las cajitas, esas donde se guardan pequeñas cosas, las abro y esparzo su contenido por la mesa, abro las ventanas y descorro las cortinas para que vean la luz del día y así sacarlas de su eterna oscuridad y puedan verse y reconocerse entre ellas.

Cómo disfruto cuando veo las sillas del comedor y las de la cocina, juntas cuando hay exceso de comensales, siempre las pongo muy juntitas, que se rocen, ¡qué buen ambiente se crea!, hasta la comida tiene mejor sabor.

Ahora no tiro nada a la basura, no me puedo desprender de cosas que han estado en estrecho contacto conmigo.

Las cáscaras de patatas, de cebolla, las tripas de pescado, todo lo guardo en unos coquetos paquetitos, como de regalo, y a veces los acaricio, les hablo, y paso unas tardes agradables, e incluso, yo diría, románticas. Solo de pensar que aplasten mis cosas en la inhóspita carga de un camión, con otros objetos desconocidos, lloro desconsoladamente.

Hay personas insensibles que me reprochan el mal olor que hay en la escalera, ¿y qué?, hay algunos indigentes que huelen peor y nadie los tira a la basura. Que si tengo no se qué de Diógenes, y quién puñetas es Diógenes.

Perdona, pero es que me emociona hablar de estas cosas. Un abrazo (aguantando el llanto) para Lucía y para ti de Mila y mío.

Santi.

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Responses

  1. Leyendo la historia de Diógenes en ese libro llamado internet, en el que nada es verdad ni es mentira, se ve enseguida que este hombre no era un descuidado ni un loco, sino más bien un artista y desde luego un filósofo que aprendió a vivir con lo estrictamente necesario. Parece ser que su vivienda era un tonel y que un día, pasó Alejandro Magno por allí y le dijo: ¿Qué puedo hacer por ti? A lo que Diógenes contesto: ¡Apartarte, me estás tapando el sol!
    No es mala lección, ¿verdad? Seguramente nos sobran más de la mitad de las cosas que tenemos.
    Y me gusta la relación que mantienes con tus pertenencias. Yo, por mi parte, suelo acariciar la copa de vino mientras lo voy degustando lentamente. Me ayuda a pensar y seguro que a la copa le gustan mis caricias y mejora el sabor de tan preciado contenido.

    Gracias por la entrada, amigo. Hoy, luna llena en este cielo del Sur, no podíamos publicar nada más sugerente para el público inteligente que suele leerte.

    Un fuerte abrazo para los dos

  2. A mi siempre me gustó Diógenes, por aquello que le dice a Alejandro y tu trascribes. No me gusta que su nombre se asocie a algo que es totalmente distinto.

    Yo tambien atesoro cosas Santi, y los cacharros andan acostumbrados a que yo les hable. Discuto con los cajeros automáticos del banco y le susurro dulcemente a la impresora para que no falle. Con el que no tengo buena relación es con el despertador, es inevitable, pero los pucheros y las sartenes me tiene cariño.

  3. Estimado Santi, palabras e ideas como estas que escribes ayudan a que uno se sienta más admiración hacia tí.

    Me quedo con la idea de las pequeñas cosas que atesoramos en la oscuridad de una cajita… y que disfrutan de la luz sólo cuando las sacamos. ¡Nunca pensamos en estas cosas! Tal vez las cosas que amamos solo reciben la luz cuando se lo decimos… por eso habrá que decirlo más a menudo, ¿no?

    Un abrazo, y gracias, páisa.

  4. Carlos, a Diógenes le sobraba todo, hasta la visita del hombre más poderoso de la tierra, el Obama de aquél tiempo; pero el pensamiento de una persona, si va intrínsicamente unido a sus actos e intenciones, le sobra toda la parafernalia exterior, y no la necesita.

    Africa, yo tampoco soporto al teléfono móvil, es un invento del maligno, yo hago inventario de las llamadas que me hacen y un porcentaje muy alto es para dar malas noticias y problemas, que poquitas alegrias nos da el aparattito, y además lo tengo de despertador. ¡Qué antipático!

    Milano, cuanto disfrutaba de niño, con una caja de botones que tenía mi madre, botones de todos los colores, de todas las formas, los volcaba en el suelo y con cajas de cerillas vacías, ( que también me gustaba coleccionar), los iba transportando de un sitio a otro, yo me creía el dueño de la Transmediterránea.
    ¿Donde estarán esos artilugios?, porque existirán, pués los botones deben ser muy difíles de hacer desaparecer. Si me llega a tocar el premio gordo del Euromillones de esta semana; juro que me hubiera pasado el resto de mi vida buscando esos juguetitos tan entrañables.

    Un beso (ruso ¡eh!) para todas y todos.


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