Posteado por: caberna | 13 enero 2009

NIEVE

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Debía correr el año 1967 después de Cristo, porque yo estaba en 4º de bachillerato, cuando un día me levanté para ir al instituto y al mirar por la ventana vi el barrio vestido de blanco. El tejado de la carpintería de Juan parecía sacado de esos cuentos que coloreábamos de niños y la calle Terraplén una pista de patinaje sobre hielo. Todo estaba blanco, completa y absolutamente blanco ¡Anda, ha nevado! -grité como un bobo que nunca había visto una granizada de esa categoría-

No, claro que no había nevado, pero la sensación era parecida. En casa, mi madre era de la opinión de que no fuera ese día a clase, pero… ¡quién se perdía ese espectáculo!

Así es que allá que me fui disfrutando del paseo por la cuesta del Morro hacia abajo, observando detenidamente cómo el hielo se iba convirtiendo en agua y el blanco desapareciendo junto con el encanto del paisaje que aquella mañana dejó grabado en mi pequeño e ilusionado disco duro de catorce primaveras.

A clase fueron sólo cuatro tontos como yo, claro, pero la mañana fue divertidísima. Algunos profesores, al ver la poca convocatoria de aquel día, decidieron unirnos con los del grupo B (yo siempre estuve en el A por la cosa del apellido) con lo cual la juerga estaba asegurada.

La poca edad, la escasa conciencia y la ocasión, llevaron a los más atrevidos a recoger el granizo que aún quedaba en el alféizar de las ventanas y esparcirlo a lo largo del recorrido que los profesores debían hacer para llegar desde la puerta del aula hasta su mesa.

Bueno, pues todos los profesores que iban llegando sorteaban los trocitos de hielo con un gesto que en unos se podía considerar una sonrisa pícara y en otros una mueca de contrariedad…

Así transcurrió la mañana entre risas, charlas y más bien poco trabajo o ninguno, hasta que apareció en escena la Srta Campoy, profesora de Física y Química muy seria pero ciertamente muy amable y muy buena persona, a la que yo recuerdo con agrado. El caso es que los cachondos de la clase pusieron todo su afán en recoger de la ventana los restos de granizo que quedaban a esa hora avanzada de la mañana y se sentaron muertos de la risa. “La Campoy” (en lenguaje de la época) apareció por la puerta, los alumnos nos pusimos en pie -como era de rigor por aquel entonces- y cuando hacia la mitad del trayecto se percató de lo que había en el suelo, se paró en seco. Los alumnos, entre risillas sofocadas, al darse cuenta que la profesora tardaba mucho en avanzar entre la canalla, giraron sus cabezas para ver qué pasaba… En ese momento, la srta. Campoy exclamó con su acentillo particular: ¡¡¡Habéis puesto esto aquí pa que yo me caiga!!!, ¿verdad, mamarrachos? Los pocos que aún guardábamos la compostura sin reírnos hasta ese momento, estallamos en una carcajada imposible de contener… Porque “mamarracho” era una expresión que esta profesora usaba con bastante frecuencia cuando quería referirse a alguno de los que entonces nos dedicábamos a hacer cualquier cosa menos estudiar.

En fin, que en Ceuta no nevó aquel día, pero yo me lo pasé muy bien aquella mañana distinta de instituto, gracias, por supuesto, a la granizada caída. Y estos días de frío, cuando mi hijo (que anda en Madrid) me escribe diciendo que aquello parece Kracovia, y veo en las noticias de la tele a los chicos tirándose bolas de nieve, yo me acordé de esta anécdota… que me sirve para recordar que no hay que pedirle a los jóvenes demasiada formalidad.

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Responses

  1. Yo me acuerdo de ese día, compadre… y recuerdo que cayeron 35 litros por metro cuadrado. Desde entonces esa cantidad se me ha convertido en el rasero para decir si ha llovido/granizado mucho o poco. ¡Cosas!

  2. Unos años antes cayó otra parecida, pero al colegio había que ir, aunque cayeran chuzos de punta. Con nuestras botitas de agua, (el que las tenía), nuestro impermeable “Piuma D’oro”, (el que lo tenía), mas tiesos que una mojama. Llegamos al colegio, y vemos a D. José con un cepillo aliviando el agua hacia la calle, con todos los pupitres amontonados, con una mano barría el agua, y con la otra sostenía un paraguas para resguardarse de la que se colaba por el techo. Seguramente, del peso del hielo se agrietó la techumbre.
    Ese día lo pasamos jugando con el medio metro de nieve que había en las calles. Aquél día se me quedó grabado, por el remordimiento que siempre tuve, de no haberle ayudado a reparar algo, que en definitiva era donde nos estábamos formando y haciéndonos hombres, pero desgraciadamente hay que crecer para comprenderlo.

  3. Pues yo tengo recuerdos de esa granizada, mi madre dice que es imposible, así que pienso que serán los recuerdos de mi hermano. Pero recuerdo cubos llenos de granizo y yo dejándome caer por la cuesta de Varela. A lo mejor son sueños o recuerdos de mi hermano. Pero lo veo en la memoria.

  4. Recuerdo ese día. Fue lo más parecido a una nevada en toda regla.
    Ahora nos asombramos menos porque necesitamos más para sorprendernos.
    Ahora sería un tornado, inundaciones, o un volcán que entre en erupción.
    Entonces cualquier cosa nos volvía locos, un simple bolígrafo de cuatro colores, un reloj y no digamos ya una buena bicicleta.
    Tampoco la señorita Campoy sería hoy la misma.
    Los alumnos no se levantarían cuando ella llegara a clase y seguro que sus fórmulas estarían proyectadas en una pantalla de última generación.
    Solo sería igual su carácter agrio y seco. Buena persona que nos trató de enseñar entre nuestras risas y abucheos. Santa paciencia que también consideramos a todos los enseñantes de hoy.
    A propósito de vidas, oigo hoy por la radio un mensaje que me está dando que pensar…
    “Lo importante en nuestra vida no son las veces que respiras sino los momentos que te dejan sin aliento”
    Me ha faltado saber quien es el aut@r. Me gusta y me hace reflexionar y recordar…
    Salud para todos y todas.

  5. Yo me acuerdo de las dos granizadas,pero curiosamente de la que más recuerdos guardo es de una que cayo por 1957,aproximadamente,mi hermana y yo eramos pequeñas,estábamos en el colegio,en la parroquia de villa jovita,mi madre ,con la que estaba cayendo, bajó a recojernos,no lo olvidaré nunca,mi hermana en brazos y yo a cuestas y la pobre de mi madre corriendo cuesta arriba hasta llegar a casa,despues jugamos con los granizos en el patio de mi abuela

  6. Veo que todos y todas guardamos, de una manera o de otra, el impacto que provocó en nuestra infancia este fenómeno meteorológico que para nosotros fue tan extraordinario.
    Muchos besos y gracias, Rosi, Milano, África, Santi, Jose Antonio, por asomaros como siempre a esta pequeña ventana que os quiere un montón.

    Un abrazo.


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