Posteado por: caberna | 13 septiembre 2008

El cajero maldito

Imagen de S. Alonso M.

Foto piada.com

Ya sabemos que el dinero nunca ha estado al alcance de todo el mundo, pero es que ahora el euro -como se puede apreciar en la foto- se ha puesto por las nubes.

He aquí a un ciudadano cualquiera que necesita dinero y -tarjeta en mano- se acerca al primer cajero que ve. Localizado uno en plena avenida del centro de la ciudad y visto lo encrespado de la situación, nuestro personaje se prepara para su ascensión de media montaña. Bien equipado con botas, pantalón y cazadora adecuada para soportar las bajas temperaturas del Himalaya, escala este K-5 (lo digo por lo de los cinco escalones).

Lo imagino cantando -mientras sube- aquella bonita canción de Los Calchakis, titulada “Luz de amanecer”, del compositor Carlos Ayala, y que en sus estrofas decía: “Voy subiendo tu estatura, minero boliviano…”

Por fin llega a la cumbre. Pasado el trance y recuperado el aliento, observa detenidamente la escalera y pone la misma cara de incredulidad que pondríamos cualquiera de nosotros que se encontrara en semejante situación.

Seguramente, se plantea cómo puede alcanzar este cajero una persona con discapacidad física, alguien con problemas de movilidad o simplemente poco aficionado a hacer senderismo por la sierra.

Imagen S. Alonso M.

Imagen S. Alonso M.

Pero la cosa no termina aquí. No, no, ni mucho menos. Los problemas siguen para el audaz cliente de este surrealista cajero…

Nuestro experto escalador introduce su tarjeta e intenta hacer lo mismo con su clave secreta. Entonces observa con estupor el graffiti aclaratorio de la situación del teclado numérico y comprende que los números están cambiados y que si tiene que introducir un 5 tendrá que darle al 4, si es un 9 el dígito adecuado deberá pulsar el 7, y así sucesivamente y siguiendo las instrucciones garabateadas sobre el acero del artilugio endemoniado. Imagina -nuestro supermán- la de clientes que habrán tenido que desistir, al haberse tragado el cajero su tarjeta tras varios intentos de introducir la clave erróneamente, y la de molestias y protestas que habrá provocado este depredador de la banca electrónica que con malévola sonrisa aguarda tras el cristal a su presa que inocentemente introduce la tarjeta -alimento en las fauces de aquel tiburón de la banca-.

Lo que no sospecha nuestro “Indiana Jones de los cajeros del Templo Maldito” es que -superadas las dos primeras pruebas- y después de aquella pantalla en la que aparece el amable mensaje de “gracias por utilizar nuestros servicios, espere un momento por favor”, el cajero trampa le cobrará una comisión desorbitada, no le dará recibo de la operación efectuada, no le expenderá el dinero solicitado pero sí lo anotará en su cuenta, le capturará su tarjeta y -por último- retirará electrónicamente la escalera, obligando al montañero a tener que utilizar su habilidad de escalador y sus herramientas (cuerdas, piolet, etc) para descolgarse de aquella cordillera vertiginosa formada por picos como la inflación,  el euribor, las hipotecas…

Al día siguiente, cuando abra el Banco, presentará una reclamación. Con las protocolarias disculpas, el atento empleado le devolverá su tarjeta con los bordes recortados en forma de sierra, como si cientos de pequeños dientecillos hubieran pasado la noche royéndola…

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Responses

  1. Yo soy un enamorado de los cajeros de los bancos, con sus numeritos y su pantallita y la exquisita educación con que te tratan, “muchas gracias”, “que usted lo pase bién”, “dele recuerdos a su esposa”, y hay tantos donde elegir, y de todos los colores, con el fondo de pantallas verdes, plateados etc.; y el caché que le da a la calle o avenida donde están ubicados, sobretodo esos que hay que entrar a una coqueta habitación decorada con fotos, y su indigente allí acogido con sus cartoncitos, y con el beneplácito de los jerifaltes de la entidad, indigentes que tienen sus historias y que a veces nos llegan por mediación de alguien, que no queriendo ser curioso, ha oido, se ha enterado que fulanito ha sido piloto de combate en el ejército alemán, el señor está en la mas absoluta indigencia, “vive” en un escaparate del Banco de Santander con todo su ajuar, su cartón de vino blanco, y su mano extendida. No es muy mayor, me gustaría enterarme de su verdadera historia, pero echa un tufo que no se puede pasar por su lado y además es bastante saborio el chaval. Después de estar varios años en su escaparate-apartamento, que supongo que eso habrá creado algún derecho de disfrute, pués no señor, le pusieron una chapa soldada en plan plano inclinado y unos hierros de punta para disuadir al aviador, y planeara a la ventana de enfrente que era mucho mas cómoda y ancha, una especie de muelle de un supermercado. ¡Ah! amigo, pero allí no le daba el sol nada más que un ratito por las tardes, así que haciendo un tirabuzón en picado, allí está, en su plano inclinado resbalándose noche y día.
    Y las amistades que se crean, un día en Benalmádena a las ocho de la mañana fuí a sacar dinero y no encontraba la ranura para introducir la tarjeta, había una ventanita por la que al asomarme vi a una señorita muy guapa, y me saludó sonriente, le comenté que si era ella la que
    contaba el dinero y nos lo daba por la rendija, y como es que no se equivocaba nunca, le dió un ataque de risa y sus dientes blancos resaltaron en la oscuridad, a esta chica la destinaron a la sucursal que voy normalmente, y cada vez que se acuerda de aquello me vuelve a enseñar su blanca dentadura.
    “que ustedes lo pasen bien, vuelvan otra vez”.

  2. Santi: Muy bueno lo de la chica que contaba el dinero detrás del cajero y no se equivocaba nunca. ¡¡¡¡La pobre, qué horario más chungo tiene, 24 horas de guardia detrás del cajero!!! (je, je)
    Un abrazo.


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