Posteado por: caberna | 24 abril 2008

La música

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Enrique subía la escalera cantando “La donna e mobile”. En los escalones, junto a la puerta de su casa, su hijo Santi y yo, intentábamos rascarle algún sonido a nuestras guitarras. La mía, aquella primera que mi padre me comprara en una tienda que había debajo del reloj del Mercado de Abastos, en el Puente de la Almina de los años sesenta.

Los dedos dolían. Eran las primeras veces y las cuerdas eran alambres abriéndose camino entre las blandas yemas… Y los vecinos… ¡Unos santos, porque aquello debía sonar horrible!

Aquella casa, la de Santi, era una prolongación de la mía. Nos separaba la escalera del segundo al tercero, pero también nos unía, porque era una parte muy importante de nuestras vidas. Primero, para jugar, como escondite, para saltar los escalones y hasta para pasarnos la pelota si en la calle llovía. Después, como academia de música, local de ensayo y casi escenario de actuación.

Enrique y Trina eran los padres en aquel tercero izquierda, los padres de Maite, de Loli, de Santi, de Manolo y de Enriquito.

Me fascinaba Enrique. Recuerdo sus tangos, sentado en aquel sofá y acompañándose con la guitarra … Gardel, siempre Gardel… Cierro los ojos y aún puedo oírle aquel “Caminito que el tiempo ha borrado…“ que a veces subía canturreando por la escalera mientras dejaba su bicicleta en el descansillo entre los dos pisos. Porque Enrique era un padre que montaba en bicicleta y que la usaba para ir al trabajo. Creo que ahora sería un padre muy moderno. Desde luego, entonces lo fue, moderno y distinto a los demás.

Otras veces le veía pintar aquellas perfectas reproducciones de Picasso que luego se vendían por Ceuta. Tengo que preguntarle a Santi si conserva algún cuadro de su padre…

También en mi casa había mucha música: mi primera guitarra, la radio, los discos que mi hermano Jose Antonio iba comprando y los que venían en la caja del coñac Fundador que comprábamos en Casa Basilio (tres botellas y un disco de 45 rpm con dos canciones) y aquella radio alemana Graetz, que tenía hasta FM (en España no sabíamos qué era eso). Mi padre nos despertaba cada domingo con Wagner a todo trapo, mientras tú –niño, pero no tonto- te acordabas del padre de tu padre, o sea, de tu abuelo.

Debía tener unos trece años cuando hicimos en el barrio mi primer grupo musical: Ramón Roldán, Jose Antonio Roldán, Eulalio Cifuentes y un servidor. Muchas tardes de divertido ensayo en la academia de mi padre o en el garaje del padre de Ramón (junto al Hospital Militar) y la primera actuación en un festival del instituto un sábado por la mañana. Tengo algún fogonazo de recuerdos de aquel día:

Estoy nervioso. Aunque ya había estado dos o tres veces en aquel mismo escenario, había sido distinto, detrás de un montón de gente de la rondalla con Don Julio Morgan. Pero ésta iba a ser mi primera vez de verdad. Habíamos quedado temprano. Agarro mi guitarra casi nueva y empiezo a subir la cuesta. Cuando llego a la altura del Hospital Militar veo a mis tres compañeros que vienen hacia mí desde la esquina de la churrería Las Dos RR. Justo en la puerta del Hospital y con la gravilla que siempre había en el suelo y el desnivel de la alcantarilla… ¡¡¡Cataplam!!! En el suelo acabamos los dos. Yo con algún arañazo y la guitarra con un porrazo donde más se veía, en plena caja, que ahora tenía una zona calva de barniz y hecha un poco añicos.

Es curioso que no me acuerde de nada más de ese día. La actuación, las canciones… NADA. Por lo visto, lo más importante y lo que se me quedó grabado en la memoria fue el golpe sufrido por la guitarra.

Después vendrían más músicas… pero eso ya es otra historia.

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Responses

  1. ¡Que de recuerdos!, cuando menos te lo piensas te llega como una brisa de aire fresco, y la emoción se te agolpa en la garganta. Gracias Carlos por este maravilloso relato. Con la maestría que nos tienes aconstumbrado, hemos revivido una época inolvidable de nuestros primeros años de los que tenemos memoria, por unos instantes he visto a mi padre tal como era en realidad, con su bicicleta, la que usaba para ir a trabajar a un país extranjero, y cantando siemre cantando, y pintando, por cierto que conservo algunos cuadros, copias de Picasso y otros A la entrada de mi casa tengo colgado aquel tan famoso que venía en el libro de fracés de segundo “Músicos con máscaras”, con un marco elegido por Mila, que todo el que lo vé se enamora de él, anda que no tiene novios el cuadrito, cualquier día los cojo todos y me pongo en la puerta del museo Picasso a subastarlos. Con lo que saque te compraré una guitarra nueva para que no vayas al Instituto con una descasca-rillada, y ten mas cuidado con los zapatos nuevos y la gravilla en las cuestas.

  2. Esa guitarra bien le haría falta, porque la suya -una que compró mucho después- me la cargué yo con mis propias manos.

    Eso sí: me gané a pulso una adolescencia muy parecida a la de mi padre, con guitarras y escaleras y cosas como las que cuenta tan fantásticamente bien.

    Gracias por llevarnos a todos de viaje al pasado. Un lujo.

  3. Una buena historia llena de dulces recuer-
    dos.Parece que aquellos tiempos son los
    mejores de nuestra vida y hay que aga-
    rrarse a ellos como sea.
    Que bueno lo de la bici de Enrique,ya casi
    ni lo recordaba.En fin,que me ha gustado
    mucho.Gracias Carlos,buen dia.

  4. Santi, lo bueno de esto es haberte reencontrado después de tantos años. Y ahora, sabiendo que tienes cuadros de tu padre en casa, tengo otra razón más para visitarte cualquier sábado. Pero primero te avisaré, que a traición no me gusta pillar a los amigos. Un abrazo.

    Amigo Aquiles, desde Bruselas me llegan tus buenas vibraciones (good vibrations, creo que se llamaba una canción de los sesenta de un grupo americano Los Beach Boys y perdona mi inglés macarrónico). Ya, a los que vamos cumpliendo más que cincuenta, los buenos recuerdos nos alimentan el alma y de las cosas malas pasadas procuramos no acordarnos… Así somos más felices. Besos y cuídate mucho.

    Sí, Jose Antonio, aquellos tiempos fueron muy buenos, y el barrio, el viejo barrio nos marcó para siempre… Aquella calle Terraplén con solo dos portales y muchos niños y gallinas y patos y un practicante gordito y simpático que nos dejaba el tarrito de la penicilina -después del horrible banderillazo- para cazar moscas en el cristal de la ventana… En fin, recuerdos de infancia que se quedan en la médula. Un abrazo.

  5. ¡Que suerte tenemos, compadre! Conforme añadimos años, también aumenta el volumen de los recuerdos… pero, además, cada día que pasa son más valiosos; aparacen como envueltos en celofan, y los abrimos con cuidado para compartirlo y mirar a hurtadillas la cara del que los observa… Un abrazo.

  6. Gracias por tu comentario, compadre. Es cierto, atesoramos recuerdos como lo más valioso que pudiéramos tener… Pero siempre me queda la duda de dónde poner el límite. No quisiera convertirme en un nostálgico empedernido que no mira hacia el futuro y que sólo vive de ilusiones pasadas. Siempre tengo esa otra mirada con el rabillo del ojo atento a no colgarme del pasado. Sé que soy parte del que fui ayer, pero no quiero olvidarme del hoy y quiero hacer muchas cosas mañana mismo.
    Un abrazo.


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