Posteado por: caberna | 22 abril 2008

Antonia y el amor (Relato de Jose Antonio)

Antonia corría con otras niñas por La Cuesta. La suave brisa del verano dejaba ver sus lindas piernas que yo miraba sin perder detalle mientras ella con picardía de mujer me regalaba una sonrisa. Así empezó el amor a mis once años.

El domingo, en la capilla del Hospital Militar, confesaba ante el cura mis pecados siempre con el temor al Fuego Eterno y la duda de lo que pensara aquél cura sobre mí. Desde entonces, empecé a pensar en un Dios directo de fábrica, sin intermediarios falsillos.

El lunes, empezaba a pecar de nuevo. Tenía toda una semana para seguir viendo a mi Antonia.

Mientras tanto, preparaba mi ingreso de bachiller en el Instituto con dos maestros ejemplares, don José Solera Barco y don Juan Morejón.

Eran tiempos felices, mi padre había comprado su primer televisor marca Vanguard. Fuimos a por él a una tienda de la Marina subidos en una Vespa que también tenía. El vendedor, no sé cómo, logró colocar aquél aparato entre la espalda de mi padre y mis piernas y nos fuimos hacia El Morro.

Después de una primaria instalación de antena, conseguimos, ante la sorpresa de todos, ver algo. Aparte de muchos puntitos blancos y negros que llamaban nieve, vimos como primer programa, la retrasmisión de la Semana Santa de Zamora. Yo quería ver al Real Madrid pero no había forma. Franco con aquellos programitas de baile seguía ganando batallas en tiempos de casi paz.

Antonia me seguía cautivando. Era una morena agitanada, dulce, con grandes ojos negros que mataban al mirar. Su cuerpo, tres años mayor al mío, tenía forma ya de mujer. El mío, el mismo raquítico y bobo que por momentos dejaba de ser niño ante tanta belleza.

Antonia no sabía leer. Vivía junto con su madre en una chabola de dos cuartitos pegando con la tapia del Hospital Militar. Habían venido de Tánger. No conoció a su padre, quizás alguien muy moreno como la piel de su hija. Su madre se dedicaba a coser ropa para los militares y así iban tirando.

Vi el Cielo abierto. Me ofrecí a enseñarla a leer con el consentimiento de su madre, y allí, sentados en un pequeño catre de su pequeña casa, aprendía el ma, me, mi, mo, mu y mi mamá me ama bajo la mirada atenta de su madre. Antoñito también la amaba y aprovechando las salidas de la madre, se acurrucaba con ella en aquella cama intercambiando lecciones de leer por saber qué hacer con aquel cuerpo sudoroso oliendo a pringue exquisita.

Poner en práctica los cinco sentidos que don José nos explicaba en clase fue lo mejor de mi incipiente vida. Ya sabía para qué valía el tacto: dulces y lentos manoseos a la Antonia de mi alma me llenaban cada día de nuevas sensaciones. El olfato casi a veces quería que no hubiera existido. El oído para escuchar si venía la madre. El gusto, para saborear los primeros besos que todavía paladeo y la vista, oh la vista, para contemplar tanta belleza.

Ante todo aquello, Antoñito vio como una parte de su cuerpo, sin saber por qué se abultaba por momentos.

Había pasado a ser hombre…

Jose Antonio.

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Responses

  1. ¡Niño! No era con sangre como entraba la letra… ¡Has estropeado el refrán! Pero que dulce recuerdo, ¿verdad?

  2. Desde luego,claros ejemplos tengo de
    que a base de tortas funcionábamos,
    hasta para cambiarte el ser zurdo por
    diestro para comer y escribir.Pero el
    amor es otra cosa…


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