
Nuestra niñez corría plácidamente, sin grandes preocupaciones ni sobresaltos, pensando en los ratos libres de juego, y teniendo a la escuela como un mal trago que había que pasar, y volver a nuestras risas y correrías por los alrededores de nuestras casas, lugares llenos de naturaleza que eran la continuación de nuestros hogares. Nos inventábamos nuestras películas de piratas o espadachines. Con una hoja de palmera nos creíamos cabalgando en un brioso corcel blanco por los altibajos de los barrancos, una burda pistola de madera al cinto que disparaba balas de aire a un enemigo imaginario.
- ¿De qué color es tu caballo?
- El mío es blanco, ¿y el tuyo?
- El mío es alazán. Vamos a galopar hasta la vía del tren y lo esperamos para asaltarlo, ¡Venga! Yo le he quitado a mi madre un pañuelo para taparme la cara.
- Yo tengo un antifaz.
-¡Bah, qué aburrido, volvamos, este tren no llega nunca!
Unos años antes conocí a mi vecino del piso de arriba, Migueli. El primer recuerdo que tengo de él, es jugando en su casa con un camión enorme, de un metro de largo, era una maqueta igual al original, los veíamos por las calles, casi todos militares, nos subíamos en la carga y nos empujábamos por el pasillo, a partir de entonces fuimos inseparables, también se unía a nuestros juegos su hermana Isabeli. Es curioso que a todos los niños de la calle Terraplén, calle Larga y alrededores, terminaban por nombrarlos con la i o in en su nombre de pila: a mi Santi, a mi hermana Loli, a otra hermana de Migueli, Luisi, y así otros como Angelín, Luismi, Carli, Susi, Fali, Rafalín, Antoñín, Nardi, Jesulín, Paqui o Manoli.
¡Vayamos al secano!, ¡se ha escapado un loco del hospital militar por alli!
- Sí, sí, vamos a ver como lo pillan –
La hierba nos llegaba a los tobillos, una vez perdido el interés por el loco, nos pegábamos los brazos doblados en nuestro pecho y nos dejábamos rodar cuesta abajo, girando sobre nuestro cuerpo como una rueda en caída libre y vuelta a subir y repetir como un juguete de Sísifo, hasta que los huesos se dislocaban.
La risa y la diversión era una constante en nuestros juegos.
Recuerdo cuando íbamos a jugar al futbolín a la trastienda de Comestibles Moreno, el dueño, Casimiro, se sentaba a vigilarnos. Una tarde se averió el sistema de introducción de monedas y cada vez que tirábamos del abridor salían las bolas y a jugar gratis, el dueño no se daba cuenta, hasta que Isabeli dijo: claro como se llama Casimiro, casi no nos ve. Estuvimos varios días riendo a costa de Casimiro.
Otro día, el dueño de la tienda que había un poco más abajo, “Casa Juanito”, nos llamó a Migueli y a mí, para que atendiéramos la ventana que daba a la calle y que nos pusiéramos a vender helados, cuando abríamos la tapa de la nevera para vender un polo, cogíamos otros dos para nosotros, yo observaba que Juanito nos miraba de reojo y se reía. Cuando pasaba un chica guapa por la acera le decíamos “hay Camay, pero más buena que tú no la hay”.
Solíamos ir al gallinero del cine Avenida con nuestras hermanas, lo pasamos mal viendo La senda de los elefantes, cuando trataban de derribar los muros de aquella mansión a punto de aplastar a Liz Taylor.
Con lo único que me aburría con él, era jugando a la pelota, nada, no había forma de quitarle el balón, tenía una habilidad natural para este juego. Yo creo que por eso soy un bicho-raro, por no ser un aficionado a ese deporte.
Cierto día, volvíamos de la playa de pescar, y al subir a la carretera vimos como un coche chocaba contra un camión, y quedaba bocarriba, salimos corriendo a ayudar a una señora que salía gateando por la ventanilla y no vimos a nadie más. La pobre señora viajaba en su Volks-Wagen de Tetuán al puerto de Ceuta, cargada de maletas y bultos y decidió regalarnos parte de su equipaje, a mí no se lo que me regaló, pero recuerdo perfectamente que a Migueli le regaló un fabuloso balón (de reglamento). Muy profética la buena señora.
Eran tiempos de camaradería, de participación colectiva, deseando que llegara alguna fiesta para celebrarlo por todo lo alto, dentro de las posibilidades de cada uno. El padre de Migueli era un forofo de las pastorales de Navidad, llegando noviembre se salía a la escalera con toda la niñería, y uno con el almirez, otro rasgando la botella de anís, la pandereta, la zambomba, al llegar las fiestas éramos unos auténticos doctores en villancicos.
Ahora, desde la distancia de las canas, parece que la niñez fue un suspiro, una instantánea fugaz. Enseguida me cruzo con Migueli y el Nardi por Hadú, ya unos hombrecitos.
- ¿Qué hacéis por aquí tan lejos?
- Vamos a ver La muerte tenía un precio, ¿te vienes?
- Ya la vi en el Apolo hace poco
- Bueno, ahora la ves otra vez
Cuando fuimos a sacar la entrada, Migueli no me dejó pagar.
-Deja, deja, que tu estás estudiando y yo, ya estoy trabajando-.
Mientras les invitaba a un refresco en el ambigú del Terraza Terramar, les comentaba el peliculón que íbamos a ver y el pedazo de música de Morricone. Con nuestros paquetes de pipas buscamos nuestros asientos y el cine se iba quedando en penumbra…
Santi.